Para ti, Marruecos.

agripina carretero

Desde Algeciras se divisa tu sombra borrosa. El mar a nuestros pies golpea inquieto nuestro viaje. La puerta de otro continente al otro lado de tu estrecho. Un barco rumbo al puerto de tu aventura. Un taxi entre montañas africanas que no entiende de idiomas pero sí de corazones.

Así dejábamos la primera huella en la medina. El corazón de cada guerra particular. Los secretos escondidos que se aferran en sus esquinas. Tánger, tan hondo y tan inesperado. Tan profundo y tan desconocido que es sencillo empaparse con su magia. Donde la belleza se esconde tímida detrás de un velo, donde los piropos vuelan por el zoco y donde el humo de nuestra inspiración se dispersa en nuestra terraza.

En Kasbah atardecen los tejados y se enredan los colores. Es el punto más alto de nuestro cielo. Sus laberintos de casas blancas se mezclan en los balcones. Sus historias por metro cuadrado, sus puertas llenas de vida y sus callejuelas llenas de historia.

Te imagino allí y te sueño cerca. Imagino la muralla de tu cuerpo. Las razones por querer descubrirte y las ganas de respirarte el alma.

Acabamos en café Hafa. Las gaviotas sobrevolaban nuestro mar. En los días claros, se puede abrazar nuestro mapa desde su terraza. Pero aquel día, la neblina africana sólo nos dejaba imaginarla.

Todas las paredes me recordaban a tu esencia. Los niños jugando me reflejaban tu historia y las calles calladas, se rebuscaban en tus memorias. Me pierdo en los laberintos de puertas infinitas y te imagino perdiéndonos detrás de un callejón. Te veo en el primer té de la tarde, en la segunda calada de un viaje infinito, en la esencia de un mar africano que golpea nuestra costa particular.

La plaza 9 de abril se dejaba fotografiar entre turistas abrumados por la persuasión de sus gentes.

Quedarse a vivir con los cinco sentidos en un mundo diferente. Tan distintos y a la vez tan cercanos. A golpe de barco. A golpe de realidad. A reflejarte en sus olores, en los que juzgan sin haber pisado sus pasadizos. El escondite de los que viajan, la intriga de los que desean conocerlo, un entresijo de olores y colores que te desmienten cualquier desconfianza. Una razón que se convierte en hospitalidad y en una conversación improvisada en cualquier trastienda llena de alfombras. La llamada a la oración de tus labios, pecarte en silencio, pensarte en secreto.

Aprender, sentir, comprender sacrificios.

Nunca dejes de viajar. Porque sino, jamás podrás sentirlo.

Este texto es para ti, Marruecos. Por abrirme el corazón y descubrirme otro mundo al otro lado de nuestro mar. Fuiste bonito mientras duraste, no dudo que volveremos a encontrarnos.

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